Después de aquello, las tareas de la mañana continuaron sin cambios. Había que erguir a la vieja y darle masajes en las piernas huesudas y en los brazos, lavarla cuello abajo con una esponja de bebé, enrollarle los pelos en un moño triste, pintarle un par de cejas, que fingiera además rubor sobre los pómulos, hacerle sonreír con la barra de labios.
Vestirla siguió siendo difícil: jamás colaboró. Después del mediodía, la sentaba en la silla de ruedas y salían a dar una vuelta por el barrio. La anciana, hasta bien entrada la primavera, iba embozada.
Un domingo vino la mayor de las hijas:
- Qué bien cuida a Mamá, está mejor que nunca.
En otra ocasión, las más jóvenes, que eran mellizas, quisieron saber:
-¿Siempre cuidó ancianos, allá, por Ecuador?
Matilde respondió:
-Oh, no. Yo fui taxidermista.
Y reía con mucha timidez, tapándose la boca con sus manos gorditas.
Nota: Relato ganador del XI Premio Internacional de Relato Hiperbreve.
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